domingo, 10 de junio de 2012
Mientras España cae
Mientras España cae en otras manos
yo ceno con poetas, y sueño en el futuro
de una ciudad de Sur que no conozco,
mientras suena Lluis Llach y su arbre nu,
diciendo somos todo, y también somos nada,
y nada es lo que queda de lo que prometieron
quienes nunca han sabido en qué creer,
líderes de una patria sin fronteras que siempre estuvo en venta,
jugadores sin cartas que apostaron al póker de naciones
el sueño y la ignorancia
de este país por siempre de tercera,
de esta sin tierra, árida y extraña
Mientras España cae, yo que no tengo patria
ni bandera ni fe en la que creer,
observo a esos poetas que lucharon
hace no tanto tiempo,
por otra España entonces tan vendida
tan pobre y tan culpable como ahora,
y siento que ahora mismo, como entonces
el enemigo vive entre nosotros.
Y mientras cae España vuelvo a casa
y pienso en lo que tengo por hacer:
acabar un proyecto, hacer una llamada,
quitar toda la mierda de mi cuarto,
poner la lavadora, dejar volar mi sueño
por las tierras de Sur,
terminar aquel libro que he empezado
y buscar en youtube cuál era el nombre
de esa canción de Ovidi que sonaba
mientras caía España en otras manos.
Vivir mi propia guerra, simplemente.
sábado, 26 de mayo de 2012
Lo que nos hizo hombres
Lo que nos hizo hombres,
la destreza
de caminar de frente hacia la vida,
las huellas del camino ya borradas,
la armoniosa verdad que nos mentimos.
Lo que nos hizo hombres
desdichados,
la soledad de vernos convertidos
en un sinfín de pasos por la nada,
la crueldad del espejo que nos mira,
la ausencia de los otros bajo el tiempo.
Lo que nos hizo hombres,
quién lo sabe,
si hoy todo se ha perdido entre la bruma,
entre el saber estar,
entre las falsas
sonrisas de cumplido por las calles,
tras la apariciencia absurda que nos guarda,
tras lo que nos creímos
desde
niños.
Lo que nos hizo hombres, y hoy nos falta,
el arrojo feliz, la valentía,
las ganas de ensañarnos contra el tiempo,
la fuerza,
la
ilusión,
la
simple vida.
viernes, 18 de mayo de 2012
Cosas que nunca tendré
Renuncié a sentir. Renuncié a dejar la estación desde la que veo pasar los trenes. Renuncié al primer amor, a la inocencia y la entrega sin medida. Renuncié a conformarme. Renuncié a no pensar. Renuncié a que mi rostro continuara viajando, la mirada perdida a través del cristal, imaginando otros mundos posibles más allá de mi propio destino. Renuncié a esos viajes de ida y vuelta, desde hoy hasta el pasado, y del ayer hasta hoy. Renuncié a la voz del revisor indicándome que tenía que apearme. Renuncié a los billetes con principio y con fin. Renuncié a renunciar.
Y aún así continúo viviendo en mi estación, y ni siquiera agito ya el pañuelo cuando parten los trenes. Hoy sé que hay tantas cosas que ya nunca tendré que siento que he creado en este banco una suerte cárcel escogida. La cárcel de quien cree, aún y todavía, que un día, alguna tarde, al escuchar un tren y su silbato, reconocerá entre sus pasajeros que ha llegado la vida.
martes, 15 de mayo de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
La muchacha de los ascensores
Siempre hay una muchacha
que llega al ascensor en el último instante
para que alguien, gentil, detenga con la mano
la puerta automática.
En Madrid, en Bogotá, en la Habana,
en un hostal de Órgiva o en un hotel de Medellín.
Siempre hay una muchacha, y es la misma.
Lo he descubierto casualmente.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Y ella, con disciplina de muchacha atrasada,
se ha acomodado al fondo, donde siempre.
Todos la miran de soslayo, pero luego la olvidan.
Ella nos mira a todos con familiaridad,
con la certeza de hallarnos en el próximo ascensor,
dentro de poco.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Pero ella sabe que la he esperado en todas las ciudades
y que esta escena se repetirá hasta el último edificio.
En Cartagena del Caribe y en Cartagena del Mediterráneo,
en México, en Milán, en La Habana de nuevo.
Sonríe y no me mira.
Ha descubierto que también soy el mismo:
el oportuno dueño de la mano que detiene la puerta.
Sonríe y no me mira. Así está bien.
Si se distrae, puede ocurrir que llegue
antes de tiempo, al próximo ascensor,
en cualquier parte.
que llega al ascensor en el último instante
para que alguien, gentil, detenga con la mano
la puerta automática.
En Madrid, en Bogotá, en la Habana,
en un hostal de Órgiva o en un hotel de Medellín.
Siempre hay una muchacha, y es la misma.
Lo he descubierto casualmente.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Y ella, con disciplina de muchacha atrasada,
se ha acomodado al fondo, donde siempre.
Todos la miran de soslayo, pero luego la olvidan.
Ella nos mira a todos con familiaridad,
con la certeza de hallarnos en el próximo ascensor,
dentro de poco.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Pero ella sabe que la he esperado en todas las ciudades
y que esta escena se repetirá hasta el último edificio.
En Cartagena del Caribe y en Cartagena del Mediterráneo,
en México, en Milán, en La Habana de nuevo.
Sonríe y no me mira.
Ha descubierto que también soy el mismo:
el oportuno dueño de la mano que detiene la puerta.
Sonríe y no me mira. Así está bien.
Si se distrae, puede ocurrir que llegue
antes de tiempo, al próximo ascensor,
en cualquier parte.
jueves, 2 de febrero de 2012
Se acabará perdiendo

Como tanto tiempo,
de una constante vez,
desde el principio, quizás,
desde el comienzo
de toda condición desmesurada.
Como esas veces que, desde hace tanto,
desde hace casi siempre,
todo rumor escapa al temporal de lluvia,
esas veces que algo,
que se puede perder y como todo
se acabará perdiendo,
rebusca su asidero para abrazarse a ti,
para, desde tus brazos,
encontrar sin demora lo poco que exigía.
Como un grito en la aurora,
adivinado,
intuido en el frío recodo de tu cuerpo,
sentido en la distancia,
intuir y sentir que se ha roto y que duele,
reconocer que, ciego, esta vez has perdido.
Como redescubrir que se ha hecho tarde
y no habrá nada ya que lo redima.
Publicado en el libro IV-V-VI-VII Certámenes Literarios “8 de Marzo” de relato corto y poesía. 1999-2002.
viernes, 30 de diciembre de 2011
La vida no debería ser esto

Como almas en pena,
movidos por el sueño de lo que nunca fuimos,
sin ser al fin capaces de alzar los pies del suelo,
atados a un reloj…
La vida
no debería ser esto, te repites.
Pero la realidad se agolpa impenetrable
en los ojos cansados
que en el vagón devuelven a tu mirada inerte
reflejos de caminos paralelos.
Yo no,
no a mí,
yo sé que a mí la vida
me guarda otro destino…
Mentiras como salmos que todas las mañanas
acompañan tus huesos al pie de la oficina…
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