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jueves, 1 de diciembre de 2011

Tratando de aprehender



Intuyo que llegué a la luz de casualidad, que no me era predestinada. La rocé con las manos un momento para sentir su tacto. Para aprehender en mí algo de su estructura. Por si en un solo instante, a través de las yemas de mis dedos, podía transformarme. Transformar este barco a la deriva, sin quilla ni codaste, sin roda ni timón, en un buque flotante, estable, navegante. Pero la luz se fue, se apagó, se hizo humo. Intuyo que quizá solo quiso enseñarme que nada es infinito...

viernes, 18 de noviembre de 2011

El orden y el vacío



Todo se transformó una tarde, arrancando los colores del sillón, llevándose la luz y las bombillas, pintando mis paredes de cansancio. Caí sin darme cuenta en la tierra de nadie, sin ayeres ni mañanas que pisar. En mi casa no hay caminos de ida y vuelta, solo callejones que no conducen a ninguna parte. Callejones como laberintos que crecen en círculos, que me devuelven contínuamente al vacío de sepulcro en el que anido, como un pájaro de alas rotas. Un pájaro en el que no reconozco nada de lo que fui.

Nadie cambia de pronto. Sin embargo yo cambié, o me cambiaron las circunstancias, el tiempo, las decepciones. El hastío de no hallar nada detrás de las puertas. El tedio de mantener la misma rutina. Tantas noches como armarios repletos de conversaciones vacías. Tantas mañanas para borrar. Tanta nada. El orden continuado, matemático y lógico del que se ha dejado atrapar por el vacío. La soledad acechando en la garganta, cuando los teléfonos quedaron mudos. Y en algún rincón, adormecida, la incertidumbre de un futuro ni tan siquiera late.

Todo sigue su orden. Suena el despertador. Sé qué es lo que me espera esta nueva jornada. Lo mismo que las otras. Abandonaré el calor de las mantas, iré hasta la cocina y me pondré un café que tampoco conseguirá despertarme. Tomaré una ducha. Me vestiré con la misma ropa de todas las mañanas. Pasaré del frío de la calle al calor del metro. Llegaré a la oficina. Las horas volarán como si nada y llegará la noche. Y al cabo de unas horas, cuando por fin mi espalda se acurruque de nuevo entre las sábanas, soñaré con un cambio de rumbo, con el desorden, con que regrese al menos el miedo o el llanto a alborotar mi mundo. Con la fatalidad asomando a mi puerta.

Con un poco de caos, dentro de tanto orden. Con un poco de luz entre tanto vacío.


jueves, 27 de octubre de 2011

Falsas memorias. Recuerdos olvidados

El reloj ha avanzado transformando los días en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Echo la vista atrás y no distingo que ha pasado entretanto. Entre el día fatal cuyo recuerdo se va haciendo más pobre en mi memoria y este día en que escribo acusando la ausencia.

Tu risa me venía por momentos, de forma inesperada, golpeando las riendas de mi mente e inundando mi cuerpo de nostalgia. Ahora, porque aparezca, tengo que establecer un triste rito. Cierro los ojos, pienso, trato de recordar. Imagino que aquella que llega a mi memoria es igual a la tuya. Pero ya no lo sé. Te me has debilitado en las entrañas. Contra todo pronóstico, y en contra del deseo de mantenerte cerca, dentro de mí, a seguro, menguaste entre mis días y el paso de los años.

Antes casi sentía tu presencia silente. Hoy apenas estás. Preciso de buscarte para traerte aquí. Nunca todo lo cerca que hubiera deseado. Siempre todo lo lejos que te fuiste.

Entre noches y sueños, mientras surco la vida de espaldas a tu huída, cuando todo camino que tomo es ciertamente el camino que hubieras despreciado, cuando soy, aún si cabe, más tú de lo que fuiste, tú eres, aún si cabe, menos yo por momentos.

Pero aún así me aferro a la falsa memoria del recuerdo de ti. Necesito de él para seguir viviendo esta nuestra no-vida.

Ya que la vida pasa, ojalá se pudieran congelar los recuerdos, guardarlos bajo llave, saber a cada instante que si los necesitas estarán a resguardo. Abrirlos solamente en las noches más frías. Dejarlos que traspasen los ojos, las entrañas, que naveguen en círculos por nuestro cuerpo inerte, hasta llegar allí donde solo se alojan sentimientos. Dejar que reconforten nuestros cansados pasos, acurrucar la mente mecida entre sus brazos, y dejarlos después en su lugar correcto.

Ojalá tantas cosas no fueran necesarias.

Ojalá nuestra vida no fuera tan humana.

lunes, 29 de agosto de 2011

Construyamos castillos


Yo estaba allí. En la playa de la foto, viendo como mi sobrina y la hija de unos amigos hacían un castillo, o un agujero, o una fortaleza, qué más da. El caso es que se entretenían jugando con la arena y con el agua, cavando con sus pequeñas manos un pozo, creando una estructura que consiguiera sostenerse pese al golpe de las olas, pese al paso de la gente, por el simple placer de construirla. Ambas sabían que pronto su creación volvería a caer, sería de nuevo arena sin forma, sin siquiera recuerdo de que otra vez fue algo, un castillo, una simple fortaleza, un qué sé yo con pozo. Y no les importaba.

Y yo, desde mi silla, las miraba hacer pensando que crecemos y olvidamos que la vida es simplemente eso. Crear y disfrutar creando. Andar, viviendo en cada paso. Qué más da qué pasará después. Qué importa si hay mañana, si todo se destruye o continúa en pie, si el paso de las olas convertidas en tiempo borra hasta nuestras huellas, obligándonos a comenzar de nuevo, a construir de cero toda nuestra estructura.

No hay finales que traigan una felicidad reconcentrada. Todo es hoy y es ahora.

Construyamos castillos.

viernes, 15 de julio de 2011

Mañana a quién le importa

Los trenes siempre tienen un no sé qué romántico que me invita a escribir.

Será porque el paisaje se convierte en sus viajes en cuadro en movimiento, porque con sus raíles dirigen la nostalgia, o por su esencia misma que aloja lo caduco. Qué sé yo. No me importa. El caso es que yo escribo, traqueteando hacia el sur.

Escribo reflexiones, recuerdos, pesadillas. Mi forma de estar triste siempre termina en tinta y se queda a vivir entre las páginas. Y últimamente todo acaba en papel, porque ya no me quedan ilusiones.

Ni siquiera hace un año que desaté la cuerda que me arrimaba al mundo de los otros, al debería de ser, al ya es hora de qué.

A partir de ese entonces mi (in) estabilidad se ha sustenado solo en dos variables, dos hilos que mantienen mi pobre marioneta erguida pese a todo, dos espacios que han sido el pan como el cobijo de la que fue mi vida.

Ahora, sobre este tren, echo la vista atrás y sé que ya están rotos.

En breve quedaré doblada ante mí misma, marioneta sin forma sin director de orquesta ni más pasos que dar. Tan solo un trasto inútil olvidado a su antojo, sin nada que lo una al correr de este mundo.

Ahora que lo comprendo, ya no me puede el miedo, la ira o la tristeza. Antes sí. Yo soy una persona con el apego fácil, el genio inoportuno, la frustración al día y un gran campo de dudas. Pero también aprendo a resignarme cuando ya no hay batallas donde seguir luchando.

Porque, ahora lo sé, por vez primera en estos treintaytantos peldaños de escalera, con estos hilos rotos, sentada sin soporte, quizás esté más sola, pero ahora soy libre.

Cuando no tienes rumbo que seguir ni un lugar donde puedas alojarte, no hay nada que perder. Ya todo lo has perdido.

Equivoqué los pasos, algún día, para llegar aquí. Pero ahora ya no importa. Casi nada ya importa. Solo salir del tren que me lleva hacia el sur, encender un cigarro, pedir una cerveza, recordar el pasado con una mano amiga y dejarme llevar.

Mañana, quién lo sabe... Mañana a quién le importa...

lunes, 9 de mayo de 2011

Enajenada


Estoy sin estar, paso sin ser, hablo sin voz. Soy un espectador para mi propia vida. Nada me alcanza más allá de la capa que forjé, dentro de los muros que construí a mi alrededor para esconderme, para impedir que las dagas volvieran a rozarme.

Camino sin rumbo dejándome llevar, rodeándome de voces que apenas escucho. En mi maleta solo llevo la distancia entre lo que ahora soy y lo que fui algún día, los pasos que nunca daré, y todo lo perdido.

El mutismo ha venido a acompañarme. Me muerdo la lengua impidiendo que salgan las palabras que quisiera pronunciar, verdades que hubiera gritado en otro tiempo, pero no ahora, ya no, porque ya nada me mueve a mostrarme, a perder la cabeza dejándome escapar, a salir de mi misma y exponerme a la luz.

Hoy visto de silencio. De nada sirve ya escupir mis certezas pues me falta interés por los oídos que puedan alcanzar.

Me cansé de mi propia rutina, de regalarme en cada paso, de vivir en un continuo fluir de sentimientos, de ascender y bajar cada vez más deprisa. Todas las emociones se fueron deshojando cuando me alcanzaron las dagas de la verdad desnuda. Hoy ya no queda nada de todo lo que fue, si es que fue en realidad y no tan solo sueño.

Me escondo en el silencio de mis cuatro paredes, me evado de las noches cargadas de sorpresas, y he perdido hasta el hilo que antes me anudaba al correr de este mundo, el cordón umbilical que me ataba a esta tierra también se deformó.

Soy ajena a mi vida y a todas sus mentiras. Ajena a estar viviendo sin vivir. Ajena a seguir siendo, aún sin ser.

Enajenada por mi yo más silente, alienada por quien nunca quise ser, sigo vagando. No encontraréis siquiera la huella de mis pasos en estos pasos míos.

Porque estoy sin estar, paso sin ser, hablo sin voz.