miércoles, 21 de marzo de 2012

La muchacha de los ascensores

Siempre hay una muchacha
que llega al ascensor en el último instante
para que alguien, gentil, detenga con la mano
la puerta automática.
En Madrid, en Bogotá, en la Habana,
en un hostal de Órgiva o en un hotel de Medellín.
Siempre hay una muchacha, y es la misma.
Lo he descubierto casualmente.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Y ella, con disciplina de muchacha atrasada,
se ha acomodado al fondo, donde siempre.
Todos la miran de soslayo, pero luego la olvidan.
Ella nos mira a todos con familiaridad,
con la certeza de hallarnos en el próximo ascensor,
dentro de poco.
Le he dicho: -Ya te esperaba, entra.
Pero ella sabe que la he esperado en todas las ciudades
y que esta escena se repetirá hasta el último edificio.
En Cartagena del Caribe y en Cartagena del Mediterráneo,
en México, en Milán, en La Habana de nuevo.
Sonríe y no me mira.
Ha descubierto que también soy el mismo:
el oportuno dueño de la mano que detiene la puerta.
Sonríe y no me mira. Así está bien.
Si se distrae, puede ocurrir que llegue
antes de tiempo, al próximo ascensor,
en cualquier parte.




Al
exis Díaz-Pimienta
"Cuarto de mala música"

jueves, 2 de febrero de 2012

Se acabará perdiendo


Como tanto tiempo,
de una constante vez,
desde el principio, quizás,
desde el comienzo
de toda condición desmesurada.

Como esas veces que, desde hace tanto,
desde hace casi siempre,
todo rumor escapa al temporal de lluvia,
esas veces que algo,
que se puede perder y como todo
se acabará perdiendo,
rebusca su asidero para abrazarse a ti,
para, desde tus brazos,
encontrar sin demora lo poco que exigía.

Como un grito en la aurora,
adivinado,
intuido en el frío recodo de tu cuerpo,
sentido en la distancia,

intuir y sentir que se ha roto y que duele,
reconocer que, ciego, esta vez has perdido.

Como redescubrir que se ha hecho tarde
y no habrá nada ya que lo redima.



Publicado en el libro IV-V-VI-VII Certámenes Literarios “8 de Marzo” de relato corto y poesía. 1999-2002.

viernes, 30 de diciembre de 2011

La vida no debería ser esto


Como almas en pena,
movidos por el sueño de lo que nunca fuimos,
sin ser al fin capaces de alzar los pies del suelo,
atados a un reloj…

La vida
no debería ser esto, te repites.
Pero la realidad se agolpa impenetrable
en los ojos cansados
que en el vagón devuelven a tu mirada inerte
reflejos de caminos paralelos.

Yo no,
no a mí,
yo sé que a mí la vida
me guarda otro destino…

Mentiras como salmos que todas las mañanas
acompañan tus huesos al pie de la oficina…

jueves, 29 de diciembre de 2011

Un arte de vivir



Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.
Amar el sol y desear veranos, y el invierno
lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde
esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte
el foulard con cariño esmerado ante el espejo,
embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir
y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas,
todo el mundo que cabe en tanta euritmia.
Dejar de amanecida tan fantásticos lechos,
y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando
en la memoria, porque hablan de vellos y delicias
y escondidos lugares, y perfumes sin nombre,
dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer entonces,
qué triste es, qué bello! Las sábanas te acogerán
después un tanto yermas, y esperarás el sueño.
Del día que vendrá no sabes .nada. (No consultas
oráculos). Te quemarán hastíos y emociones,
tertulias y bellezas, las rosas de un banquete
suntuario, y las viejas callejas, donde se siente
todo, en el verano, como un aroma intenso.
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno.

Luís Antonio de Villena

jueves, 1 de diciembre de 2011

Tratando de aprehender



Intuyo que llegué a la luz de casualidad, que no me era predestinada. La rocé con las manos un momento para sentir su tacto. Para aprehender en mí algo de su estructura. Por si en un solo instante, a través de las yemas de mis dedos, podía transformarme. Transformar este barco a la deriva, sin quilla ni codaste, sin roda ni timón, en un buque flotante, estable, navegante. Pero la luz se fue, se apagó, se hizo humo. Intuyo que quizá solo quiso enseñarme que nada es infinito...

viernes, 18 de noviembre de 2011

El orden y el vacío



Todo se transformó una tarde, arrancando los colores del sillón, llevándose la luz y las bombillas, pintando mis paredes de cansancio. Caí sin darme cuenta en la tierra de nadie, sin ayeres ni mañanas que pisar. En mi casa no hay caminos de ida y vuelta, solo callejones que no conducen a ninguna parte. Callejones como laberintos que crecen en círculos, que me devuelven contínuamente al vacío de sepulcro en el que anido, como un pájaro de alas rotas. Un pájaro en el que no reconozco nada de lo que fui.

Nadie cambia de pronto. Sin embargo yo cambié, o me cambiaron las circunstancias, el tiempo, las decepciones. El hastío de no hallar nada detrás de las puertas. El tedio de mantener la misma rutina. Tantas noches como armarios repletos de conversaciones vacías. Tantas mañanas para borrar. Tanta nada. El orden continuado, matemático y lógico del que se ha dejado atrapar por el vacío. La soledad acechando en la garganta, cuando los teléfonos quedaron mudos. Y en algún rincón, adormecida, la incertidumbre de un futuro ni tan siquiera late.

Todo sigue su orden. Suena el despertador. Sé qué es lo que me espera esta nueva jornada. Lo mismo que las otras. Abandonaré el calor de las mantas, iré hasta la cocina y me pondré un café que tampoco conseguirá despertarme. Tomaré una ducha. Me vestiré con la misma ropa de todas las mañanas. Pasaré del frío de la calle al calor del metro. Llegaré a la oficina. Las horas volarán como si nada y llegará la noche. Y al cabo de unas horas, cuando por fin mi espalda se acurruque de nuevo entre las sábanas, soñaré con un cambio de rumbo, con el desorden, con que regrese al menos el miedo o el llanto a alborotar mi mundo. Con la fatalidad asomando a mi puerta.

Con un poco de caos, dentro de tanto orden. Con un poco de luz entre tanto vacío.