jueves, 29 de diciembre de 2011

Un arte de vivir



Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa,
tu corbata de tarde, la carta que le escribes
a un amigo, la opinión sobre un lienzo, que dirás
en la charla, pero que no tendrás el torpe gusto
de pretender escrita. Beber, que es un placer efímero.
Amar el sol y desear veranos, y el invierno
lentísimo que invita a la nostalgia (¿de dónde
esa nostalgia?). Salir todas las noches, arreglarte
el foulard con cariño esmerado ante el espejo,
embriagarte en belleza cuanto puedas, perseguir
y anhelar jóvenes cuerpos, llanuras prodigiosas,
todo el mundo que cabe en tanta euritmia.
Dejar de amanecida tan fantásticos lechos,
y olerte las manos mientras buscas taxi, gozando
en la memoria, porque hablan de vellos y delicias
y escondidos lugares, y perfumes sin nombre,
dulces como los cuerpos. ¡Qué frío amanecer entonces,
qué triste es, qué bello! Las sábanas te acogerán
después un tanto yermas, y esperarás el sueño.
Del día que vendrá no sabes .nada. (No consultas
oráculos). Te quemarán hastíos y emociones,
tertulias y bellezas, las rosas de un banquete
suntuario, y las viejas callejas, donde se siente
todo, en el verano, como un aroma intenso.
Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa.
y si todo va mal, si al final todo es duro,
como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno.

Luís Antonio de Villena

jueves, 1 de diciembre de 2011

Tratando de aprehender



Intuyo que llegué a la luz de casualidad, que no me era predestinada. La rocé con las manos un momento para sentir su tacto. Para aprehender en mí algo de su estructura. Por si en un solo instante, a través de las yemas de mis dedos, podía transformarme. Transformar este barco a la deriva, sin quilla ni codaste, sin roda ni timón, en un buque flotante, estable, navegante. Pero la luz se fue, se apagó, se hizo humo. Intuyo que quizá solo quiso enseñarme que nada es infinito...

viernes, 18 de noviembre de 2011

El orden y el vacío



Todo se transformó una tarde, arrancando los colores del sillón, llevándose la luz y las bombillas, pintando mis paredes de cansancio. Caí sin darme cuenta en la tierra de nadie, sin ayeres ni mañanas que pisar. En mi casa no hay caminos de ida y vuelta, solo callejones que no conducen a ninguna parte. Callejones como laberintos que crecen en círculos, que me devuelven contínuamente al vacío de sepulcro en el que anido, como un pájaro de alas rotas. Un pájaro en el que no reconozco nada de lo que fui.

Nadie cambia de pronto. Sin embargo yo cambié, o me cambiaron las circunstancias, el tiempo, las decepciones. El hastío de no hallar nada detrás de las puertas. El tedio de mantener la misma rutina. Tantas noches como armarios repletos de conversaciones vacías. Tantas mañanas para borrar. Tanta nada. El orden continuado, matemático y lógico del que se ha dejado atrapar por el vacío. La soledad acechando en la garganta, cuando los teléfonos quedaron mudos. Y en algún rincón, adormecida, la incertidumbre de un futuro ni tan siquiera late.

Todo sigue su orden. Suena el despertador. Sé qué es lo que me espera esta nueva jornada. Lo mismo que las otras. Abandonaré el calor de las mantas, iré hasta la cocina y me pondré un café que tampoco conseguirá despertarme. Tomaré una ducha. Me vestiré con la misma ropa de todas las mañanas. Pasaré del frío de la calle al calor del metro. Llegaré a la oficina. Las horas volarán como si nada y llegará la noche. Y al cabo de unas horas, cuando por fin mi espalda se acurruque de nuevo entre las sábanas, soñaré con un cambio de rumbo, con el desorden, con que regrese al menos el miedo o el llanto a alborotar mi mundo. Con la fatalidad asomando a mi puerta.

Con un poco de caos, dentro de tanto orden. Con un poco de luz entre tanto vacío.


jueves, 27 de octubre de 2011

Falsas memorias. Recuerdos olvidados

El reloj ha avanzado transformando los días en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Echo la vista atrás y no distingo que ha pasado entretanto. Entre el día fatal cuyo recuerdo se va haciendo más pobre en mi memoria y este día en que escribo acusando la ausencia.

Tu risa me venía por momentos, de forma inesperada, golpeando las riendas de mi mente e inundando mi cuerpo de nostalgia. Ahora, porque aparezca, tengo que establecer un triste rito. Cierro los ojos, pienso, trato de recordar. Imagino que aquella que llega a mi memoria es igual a la tuya. Pero ya no lo sé. Te me has debilitado en las entrañas. Contra todo pronóstico, y en contra del deseo de mantenerte cerca, dentro de mí, a seguro, menguaste entre mis días y el paso de los años.

Antes casi sentía tu presencia silente. Hoy apenas estás. Preciso de buscarte para traerte aquí. Nunca todo lo cerca que hubiera deseado. Siempre todo lo lejos que te fuiste.

Entre noches y sueños, mientras surco la vida de espaldas a tu huída, cuando todo camino que tomo es ciertamente el camino que hubieras despreciado, cuando soy, aún si cabe, más tú de lo que fuiste, tú eres, aún si cabe, menos yo por momentos.

Pero aún así me aferro a la falsa memoria del recuerdo de ti. Necesito de él para seguir viviendo esta nuestra no-vida.

Ya que la vida pasa, ojalá se pudieran congelar los recuerdos, guardarlos bajo llave, saber a cada instante que si los necesitas estarán a resguardo. Abrirlos solamente en las noches más frías. Dejarlos que traspasen los ojos, las entrañas, que naveguen en círculos por nuestro cuerpo inerte, hasta llegar allí donde solo se alojan sentimientos. Dejar que reconforten nuestros cansados pasos, acurrucar la mente mecida entre sus brazos, y dejarlos después en su lugar correcto.

Ojalá tantas cosas no fueran necesarias.

Ojalá nuestra vida no fuera tan humana.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Lunáticas


Cuando nací, mi madre me regaló la luna. A mi hermano mayor le había regalado sol y después al pequeño le regalaría el viento. Quién sabe qué hubiera hecho si hubiera tenido más hijos. Podría haber continuado apropiándose de elementos y haberles regalado el mar o las olas, las montañas o el cielo. Pero a mí me regaló la luna y hoy sé que no sabía, mi madre, lo que influyó después ese extraño regalo en lo que fue mi vida.

No sé cuando fui realmente consciente de ello, pero un día, una noche como tantas en las que daba vueltas por la casa sin encontrar el sueño, me paré en la ventana para observar la calle. Y de pronto la vi. Allí estaba, redonda e impactante, gobernando en un cielo tan oscuro que apenas si dejaba vislumbrar las estrellas. Era clara y perfecta, llena, proyectando su aura que se iba diluyendo conforme se alejaba de sus formas, poco a poco, hasta que se perdía entre la oscuridad. Puede que fuera entonces, o quizá mucho antes, cuando al final lo supe. Supe que aquella luna, desde siempre, había marcado todos y cada uno de mis pasos errantes, y seguiría marcando los que aún, si tenía suerte, me quedaran por dar.

En ella percibí la misma soledad que yo sentía, la misma fortaleza que se mostraba un día para ir deshaciéndose después, en los siguientes, hasta quedarse en nada, -no como el viento ni como el sol, siempre tan consistentes, siempre tan implacables-. En la luna encontré mi atracción por lo oscuro, el imán que me mueve hacia lo más difícil, mi afán por imposibles. Reconocí en su forma mi pasión por la noche y todo lo que esconde, el miedo al nuevo día, la fiel necesidad de tener un rincón donde poder perderme y alejarme del mundo, un rincón en el día donde escondernos, ella primero y yo siempre detrás, de todo lo que ocurre al margen de nosotras, y de nosotras mismas.

Tanto ella como yo tenemos varias caras. Una es fuerte y segura, y otra pequeña y débil. Y entre medias hay miles de caras como grados de lo que nunca fuimos o seremos por siempre. Crecemos y menguamos de forma progresiva, junto con la ilusión y nuestro brillo, junto con el dolor y el desamparo.

Pero existe otra cosa, por encima de todo, que las dos compartimos. La no resignación. Por eso cada día luchamos incansables sin dejarnos caer. Llueva o truene en su cielo, se oscurezcan mis días o enreden mis caminos, cada noche nosotras volvemos a salir a buscar nuestras fuerzas, el esplendor radiante que rozamos apenas unos pocos momentos de nuestra larga vida, la luz que nos permita desafiar a la noche. Aunque luego esa fuerza se nos vaya apagando y vayamos menguando, otra vez, poco a poco, la oscuridad nos pueda hasta casi borrarnos, hacernos invisibles, pura intuición. O nada.

Y entonces, cuando solo la noche y su ausencia de luz nos cubre por completo, cogemos aire, apretamos los dientes, y tomamos impulso con todas nuestras fuerzas.

Cíclicas infinitas, ella tal como yo, yo siempre como ella, unidas sin saberlo en nuestra eterna danza. Lunáticas y erráticas. Y siempre testarudas.

martes, 13 de septiembre de 2011

Tiempo de reescribir

Es hora de borrar, y cuenta nueva,
hora de hacer capítulo de daños,
recoger lo sembrado, (los minutos de dichas,
el pus de las heridas por tenerlas presentes,
los platos que rompí, por no dejar añicos)
y mirar al futuro.

No hay nada ya de ayer entre mis nuevos pasos.

Todo pasó, sin más,
sin dejar ni siquiera resquicios de dolor o de alegría.
Se fugó, se hizo humo,
recuerdo del recuerdo que ha de ser olvidado.

Mi vida fue... mi vida,
(qué voy a relataros si fui parte de ella).
Fue, supongo, una vida
como todas las vidas
con sus sombras y luces.

Yo sé que en esa vida reí como ninguno.

Sé que también sufrí,
aunque nunca mis labios pronunciaran el llanto
que me anidó por dentro,
que quise y fui amado durante muchas horas
donde todo era cielo sin rastro de tormentas.
Que incluso, algunas noches
llevaron en su esencia con nombre y apellidos
un diminuto mundo que giraba al completo
sin precisar de otros.
Que aprendí en cada golpe a ponerme de pie,
a seguir respirando,
como aprendí también a recaer de nuevo,
-lo que es el más difícil y grande de mis logros-.

Hoy, qué importa la fecha,
comprendo que esa vida ha tocado a su fin.
Es hora de hacer cupo de cenizas,
reinventarme otra vida para este mismo cuerpo,
buscar,
seguir buscando,
aquello que le traiga ilusión a mi rostro,
a todas las mañanas,
a todos los segundos que me queden,
(si es cierto que aún me queda un tiempo que perder).
Empezar otra vez a construirme
como si fuera hoy el primer día
que mis ojos toparan con el sol.

Comenzar, como un niño,
viendo por vez primera lo que he visto mil veces,
reescribiendo mi historia con la letra de aquellos
que saben que la historia muchas veces se tuerce,
se rompe,
se desmembra,
sin que por eso el mundo se detenga en su marcha.

Borraré lo anterior, pulsando alguna tecla
del todo imaginaria,
que hará que se evaporen los sueños del ayer.

Cuanto he sido feliz,
cuanto he penado,
formará entonces parte de una historia lejana,
del recuerdo de un otro que alguna vez fui yo,
aunque no sea yo mismo.

Perdonen quienes dejo mis ausencias.
Reciban quienes lleguen mis futuros.

lunes, 29 de agosto de 2011

Construyamos castillos


Yo estaba allí. En la playa de la foto, viendo como mi sobrina y la hija de unos amigos hacían un castillo, o un agujero, o una fortaleza, qué más da. El caso es que se entretenían jugando con la arena y con el agua, cavando con sus pequeñas manos un pozo, creando una estructura que consiguiera sostenerse pese al golpe de las olas, pese al paso de la gente, por el simple placer de construirla. Ambas sabían que pronto su creación volvería a caer, sería de nuevo arena sin forma, sin siquiera recuerdo de que otra vez fue algo, un castillo, una simple fortaleza, un qué sé yo con pozo. Y no les importaba.

Y yo, desde mi silla, las miraba hacer pensando que crecemos y olvidamos que la vida es simplemente eso. Crear y disfrutar creando. Andar, viviendo en cada paso. Qué más da qué pasará después. Qué importa si hay mañana, si todo se destruye o continúa en pie, si el paso de las olas convertidas en tiempo borra hasta nuestras huellas, obligándonos a comenzar de nuevo, a construir de cero toda nuestra estructura.

No hay finales que traigan una felicidad reconcentrada. Todo es hoy y es ahora.

Construyamos castillos.