martes, 23 de agosto de 2011

Podría?

"Podría haber seguido sentado en el bostezo. Podría haber seguido estancado en la rutina, cerrando disfrutes y almacenando siesta. Podría haber evitado todo cambio, ausentarme en mente y presentarme únicamente en cuerpo.
Podría haber seguido sentado en el bostezo? No, imposible. Al menos, ahora ya estoy en movimiento."


Eloy Moreno, "El bolígrafo de gel verde"

miércoles, 27 de julio de 2011

Ver brillar una chispa donde solo había nada
y recoger parte del corazón
de las cenizas

viernes, 15 de julio de 2011

Mañana a quién le importa

Los trenes siempre tienen un no sé qué romántico que me invita a escribir.

Será porque el paisaje se convierte en sus viajes en cuadro en movimiento, porque con sus raíles dirigen la nostalgia, o por su esencia misma que aloja lo caduco. Qué sé yo. No me importa. El caso es que yo escribo, traqueteando hacia el sur.

Escribo reflexiones, recuerdos, pesadillas. Mi forma de estar triste siempre termina en tinta y se queda a vivir entre las páginas. Y últimamente todo acaba en papel, porque ya no me quedan ilusiones.

Ni siquiera hace un año que desaté la cuerda que me arrimaba al mundo de los otros, al debería de ser, al ya es hora de qué.

A partir de ese entonces mi (in) estabilidad se ha sustenado solo en dos variables, dos hilos que mantienen mi pobre marioneta erguida pese a todo, dos espacios que han sido el pan como el cobijo de la que fue mi vida.

Ahora, sobre este tren, echo la vista atrás y sé que ya están rotos.

En breve quedaré doblada ante mí misma, marioneta sin forma sin director de orquesta ni más pasos que dar. Tan solo un trasto inútil olvidado a su antojo, sin nada que lo una al correr de este mundo.

Ahora que lo comprendo, ya no me puede el miedo, la ira o la tristeza. Antes sí. Yo soy una persona con el apego fácil, el genio inoportuno, la frustración al día y un gran campo de dudas. Pero también aprendo a resignarme cuando ya no hay batallas donde seguir luchando.

Porque, ahora lo sé, por vez primera en estos treintaytantos peldaños de escalera, con estos hilos rotos, sentada sin soporte, quizás esté más sola, pero ahora soy libre.

Cuando no tienes rumbo que seguir ni un lugar donde puedas alojarte, no hay nada que perder. Ya todo lo has perdido.

Equivoqué los pasos, algún día, para llegar aquí. Pero ahora ya no importa. Casi nada ya importa. Solo salir del tren que me lleva hacia el sur, encender un cigarro, pedir una cerveza, recordar el pasado con una mano amiga y dejarme llevar.

Mañana, quién lo sabe... Mañana a quién le importa...

lunes, 20 de junio de 2011

Astillas


Recuerdo la longitud y la oscuridad de ese camino que me llevaba de mi habitación al cuarto de estar, del hall al cuarto de mis hermanos o de la cocina a ningún sitio, cuando se convertía en parte de un círculo vicioso en el que me adentraba una y otra vez subida en mi patinete rojo, huyendo de los gritos de mi madre advirtiéndome de que iba a destrozar el parquet de madera. Recuerdo sus altos techos y los pobres apliques que apenas conseguían darle vida y que alguna vez ocultaron las joyas de mi madre durante los meses en los que no pudo recordar dónde las había escondido. Recuerdo la cola y el papel, un pequeño rodillo manchado de pintura blanca, y unas estanterías repletas de sacapuntas con formas antiguas. Y me recuerdo en una de las fotografías de los marcos que mi abuela exponía en él a modo de museo.

Recuerdo todas y cada una de sus ocho entradas y sus cinco puertas por las que poco a poco fueron entrando los años y el presagio de lo que sería mi vida. Recuerdo cómo por él apareció mi primera guitarra, mi primera libreta, mi primera ilusión. Como también recuerdo, o tal vez imagino, cómo la realidad lo recorrió una tarde cuando el sonido del timbre de la puerta lo cubrió todo de gritos y de llantos.

Recuerdo especialmente las noches en las que se cargaba de sombras. Recuerdo al hombre verde que vivía en los ojos de mi hermano pequeño, sentado sobre una maleta bajo el arco que le daba fin. Recuerdo aquel recodo que escondía el teléfono y unas llamadas sin voz que traían la amargura a los ojos de mi madre. Y recuerdo las bienvenidas que, cada cuatro meses, lo cubrían de luz y de carteles.

Pero sobre todo recuerdo cómo cada día me enseñaba lo que era el dolor de la mano de esos fragmentos que se clavaban en mis pies por no haber escuchado las advertencias de mi abuela y haber abandonado, como siempre y otra vez, las zapatillas debajo de mi cama. Recuerdo los alfileres con los que mi madre y mi abuela trataban de sacarlas de mi cuerpo. Y recuerdo mis gritos negándome a dejarlas a hacer.

Recuerdo todo hoy, cuando pagaría por poder subirme de nuevo en mi patinete rojo para huir, aunque fuera en círculos, anhelando que todo el dolor que se acerca a mi vida pudiera resumirse en las astillas clavadas en mis pies, esperando que toda la oscuridad que ahora conozco pudiera esconderse, como entonces, en el fondo de ese largo pasillo que ahora, ya, ni tan siquiera existe.

viernes, 10 de junio de 2011

En blanco



Mi corazón en blanco
espera alguna mano que lo escriba.

No hay letra que le alcance
en estos días absurdos
ni mano que se acerque con su pluma
por fin a darle un nombre.

Con todos los silencios del papel,
mi corazón en blanco,
se encuentra en esta noche
sin palabras.

Mi corazón en blanco
con delirios de tinta y trementina
sufre las pesadillas del vacío.

lunes, 6 de junio de 2011

El diluvio



Estoy tras la ventana. El cielo de Madrid se desvanece en líquidos recuerdos con olores de invierno prematuro. Me giro y ahí estás, con sueños de poeta adolescente, sentado en un sillón que no es el mío, sino un sillón robado al tiempo y la distancia, ocupado en la ausencia de sus dueños. En el suelo, sobre una manta azul, yo te sonrío. Mis ojos aún conservan toda la ingenuidad de quien no sabe que el cielo, con sus lluvias, se quedará alojado por siempre en mis entrañas.

Un trueno me devuelve a la ventana. La tarde se ha hecho noche en un momento, licuando los segundos en la furia de este limbo que parece caer. Al volver la mirada vuelvo a verte. Ahora eres otro joven cargado de promesas. La sala se ha tornado en la de un piso con un balcón con vistas a un futuro que no nos mantendrá. Frente al televisor, siempre encendido, me escondes en tu abrazo. Sé que no pertenezco a aquel espacio, pero me sé feliz negando la evidencia. Ya enfrentaré mañana esa triste verdad a tus silencios.

No deja de llover. Este junio que nace con forma de diluvio golpea con su muerte en mi ventana. Por alguna rendija se está colando el frío en este cuarto que me mantiene lejos de las aguas. Una nota se escapa de tu bajo y mis ojos se vuelven a buscarte. Tu extrema delgadez, que me sonríe, preside el gran salón de la que fue mi casa, aún sin serlo de veras, donde se oye esa música que nunca comprendí. Me invitas a sentarme en tu chaise longue y me cuentas los planes que has hecho por nosotros. Mientras voy escuchando tus palabras, un sabor a ceniza me viene a la garganta. Comprendo que he quemado las naves de tu viaje por mi espalda.

La luz de otro relámpago enciende mi ventana. Madrid entre las llamas, trata de protegerse como un hombre que corre bajo los soportales. Me digo que esta lluvia debería cesar. Es hora de sentir el verano en las calles, de desvestir los cuerpos al calor, de abandonar la escarcha. Ya existe de por sí demasiada humedad sin tanta lluvia.

Me aburro de la escena que ofrece mi ventana y busco en mi salón otro argumento con el que entretenerme. Me sorprenden los ojos de otros rostros de ti. El tú escritor, el hombre con guitarra, el tú que utilizaba la ventana para entrar a buscarme. Todos aquellos tús que hoy se diluyen, se mezclan y me invaden, para colmar de ausencias toda la soledad de estas cuatro paredes.

Otro ruido del cielo desmonta mi visión. Y me descubro sola, igual que siempre. Sola yo en esta sala. Solo mi soledad, ahogándose en la tarde del diluvio.

lunes, 9 de mayo de 2011

Enajenada


Estoy sin estar, paso sin ser, hablo sin voz. Soy un espectador para mi propia vida. Nada me alcanza más allá de la capa que forjé, dentro de los muros que construí a mi alrededor para esconderme, para impedir que las dagas volvieran a rozarme.

Camino sin rumbo dejándome llevar, rodeándome de voces que apenas escucho. En mi maleta solo llevo la distancia entre lo que ahora soy y lo que fui algún día, los pasos que nunca daré, y todo lo perdido.

El mutismo ha venido a acompañarme. Me muerdo la lengua impidiendo que salgan las palabras que quisiera pronunciar, verdades que hubiera gritado en otro tiempo, pero no ahora, ya no, porque ya nada me mueve a mostrarme, a perder la cabeza dejándome escapar, a salir de mi misma y exponerme a la luz.

Hoy visto de silencio. De nada sirve ya escupir mis certezas pues me falta interés por los oídos que puedan alcanzar.

Me cansé de mi propia rutina, de regalarme en cada paso, de vivir en un continuo fluir de sentimientos, de ascender y bajar cada vez más deprisa. Todas las emociones se fueron deshojando cuando me alcanzaron las dagas de la verdad desnuda. Hoy ya no queda nada de todo lo que fue, si es que fue en realidad y no tan solo sueño.

Me escondo en el silencio de mis cuatro paredes, me evado de las noches cargadas de sorpresas, y he perdido hasta el hilo que antes me anudaba al correr de este mundo, el cordón umbilical que me ataba a esta tierra también se deformó.

Soy ajena a mi vida y a todas sus mentiras. Ajena a estar viviendo sin vivir. Ajena a seguir siendo, aún sin ser.

Enajenada por mi yo más silente, alienada por quien nunca quise ser, sigo vagando. No encontraréis siquiera la huella de mis pasos en estos pasos míos.

Porque estoy sin estar, paso sin ser, hablo sin voz.